miércoles, 30 de julio de 2014

Valentina

Cuando la escucho reír pienso en el ruido del agua, me recuerda a un estero que llevaba pequeñas piedras, en las tardes de cuarzo y eucalipto de mi infancia en Lo Abarca. Y es que su risa es una canción breve, una canción que podría escuchar en repeat el día entero, su risa es mi canción favorita. De pronto se apaga la risa, y me acerco a la puerta para ver qué sucede. La veo sentada en la cama, los ojos fijos en un cuaderno, esos ojos que parecen hechos de una sola pincelada. Valentina escribe, lee, borronea, y vuelve a escribir. Respira, se queda quieta por plazos que se me hacen eternos, y vuelve a mover su mano pequeña sobre el papel como si nada hubiese pasado. La luz de la habitación es más bien deficiente para el acto de escribir, por lo que se curva sobre el cuaderno para aprovechar al máximo el ínfimo haz que brota desde el tejado de zinc, como una brea lenta y fosforescente que cubre vagamente las cosas. 
En algún momento las palabras se confabulan, lo noto en un pequeño gesto en su rostro, a lo que responde cerrando el cuaderno y encendiendo un cigarrillo en su camino al traspatio. 
La veo ahora parada afuera, el rostro cubierto por el humo azulado del tabaco bajo el sol de media tarde, la mano en la cintura haciendo como que no, como que ni ahí con las palabras y sus juegos, pero sé que sí, que para ella ahora escribir es otra forma de respirar. Valentina se da cuenta de que la estoy mirando, de que le estoy pidiendo algo parado aquí en el umbral de la puerta, y le pone play a su risa, y yo sonrío con toda la cara.




San Antonio, julio 2014

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