lunes, 10 de noviembre de 2014

La bolsa se hunde en la taza como un cadáver aromático, y como un humo (como una sangre brotando) el té comienza a extenderse en el agua. Por unos minutos, Antonio deja que los taninos hagan su labor alquímica, y observa con curiosidad el cambio de tonalidad del té cuando deja caer la rebanada de limón hasta el fondo de la taza. El enorme tomo de Hobsbawm reposa sobre la mesa, a la espera de una lectura que Antonio disfrutaría hacer pacíficamente, sin la presión de la tesina en la espalda. Ya es el cuarto año de esta rutina que siempre acaba en una lectura intermitente y una calificación suficiente, con la sonrisa del profesor Maturana recibiendo los folios mientras dice algo como ‘no esperaba otra cosa de usted’, que al final es lo mismo que decir nada. Hoy está solo en casa, y piensa que hubiera sido entretenido que Julio o Puga se hubiesen quedado, en lugar de hacer el rutinario viaje a casa de sus padres, a esas casas en que los reciben con comida de verdad y camas de verdad, en vez de sopas instantáneas y colchones en el piso, a esas casas en que posponen la libertad por una sensación que hermana el amor filial y el tedio, a esa casa de su madre a la que él también viajaría si no quedara tan endemoniadamente lejos. Al final se resigna y empieza a leer el libro sentado de piernas cruzadas como un monje budista, y sus ojos pasan despacio por la posesión británica de la india, por el oximorónico nacimiento del comunismo en el seno de la burguesía europea, y por la insurrección de los Taiping en China, las letras se difuminan a medida que avanza la colonización de Norteamérica y sucede la matanza que pone fin a la Comuna de París, y a ratos se decide a tipear una que otra frase en el archivo tesinasdf.doc con la vista seminublada por el cansancio. En el momento en que el consumo de té per cápita en Inglaterra asciende de casi medio kilo a dos kilos y medio en sólo treinta años, Antonio nota que no se especifica si este consumo es anual o diario, y se entrega a la hipótesis de que los ingleses de mediados del siglo XIX tomaran tazas enormes de té todas las tardes, unas tazas pesadísimas, que las ancianas con peluca no podrían levantar ni en grupo, o los imagina cocinando con té, o dándose duchas de té, y ríe atolondradamente con esta idea hasta dormirse. Cuando amanece, Antonio se halla a sí mismo durmiendo en la alfombra, con la luz encendida y una taza de té helado derramado en el suelo, una taza a la que no le dio más de un sorbo y que ahora forma un pequeño riachuelo hasta las más de mil páginas de la Tetralogía de Eric Hobsbawm, flamante adquisición de la biblioteca de estudios históricos de la Universidad de Camemoro, convertidas ahora en un ladrillo blando y amarillento lleno de palabras.
    Ahora viene la etapa que conocemos como pánico del estudiante. Este estado anímico puede producirse por varios factores que van desde el no encontrar la sala el primer día de clases, que desemboca en el pánico en su grado más bajo, hasta el despertar una hora después de la defensa de la tesis, llevando el pánico a su grado máximo. Antonio está en un sector indefinido del pánico, se ha convertido en un punto que conejea por todos los rincones del pánico, Antonio es el pánico mientras deambula por todas las habitaciones en busca de un secador de pelo o un puñado de sal gruesa, hasta que se decide a dejar el libro secando al sol mientras encuentra algo más que hacer.
Buscando en internet descubre dos cosas: una, que el precio del libro es inabordable, y dos, que queda un solo ejemplar en todo Camemoro. Es entonces cuando comienza a tantear la idea del robo. Ariadna es una pequeña librería en el extrarradio de la ciudad, atendida por un anciano que alguna vez fue poeta oficial, de esos de boina y vino de honor, y por su nieto, un informático alejado de cualquier tipo de poesía, quien se encargó de hacer el catálogo en línea de toda la tienda. Ahí, en algún lugar, debía estar la mentada Tetralogía. Antonio se imaginó despiadado, entrando a la tienda como un cliente más, acercándose sigilosamente a la caja, blandiendo una navaja en el cuello del anciano, amenazando al asustado nieto, saliendo raudo con el libro en el morral, y algo de dinero, quién sabe. Podía ser una buena idea, nadie tendría que salir herido si cooperasen. El nieto tendría que ser un imbécil para abalanzarse sobre él, es tan fácil cortar un cuello, y tan difícil sacar la sangre de los libros. De pronto, Antonio se fija en los arreboles que manchan las paredes del living, y se da cuenta de que se ha pasado la tarde entera pensando tonterías, que el libro ya ha de estar seco, benditos sean el sol y el viento.
    Antonio abre la puerta de la cocina, y el libro está tal como lo dejó, abierto sobre un banco en mitad del patio. La luz del crepúsculo le da a la escena un aura como de película grabada en ocho milímetros, de celuloide a punto de quemarse, y podemos ver a Antonio acercarse al libro y tomarlo como en cámara lenta. Entonces levanta la Tetralogía a la altura de su cabeza y la examina detalladamente, la cubierta está bien, podría limpiarla si se lo propusiera, y el lomo está prácticamente intacto, sin embargo, cuando trata de despegar las páginas, piensa que será mejor encargar el libro por internet, o pagarlo en la universidad con el dinero tiene en el morral, pues la sangre ya está seca y así es aún más difícil sacarla de los libros.



Matías Muñoz Carreño
Santiago de Chile, 2014

jueves, 10 de abril de 2014

Los buenos versos



I
El poema ya estaba terminado cuando comencé a escribirlo.


II
A mí me tocó agregarle ripios, cacofonías, lugares comunes.

III
Tuve que ocultarle el centro y los buenos versos
mediante un efectivo sistema de erratas y omisiones.

IV
Lo releí tachando cualquier vestigio de frase acertada.

V
Se lo mostré a amigos que lo vitorearon por lástima.

VI
Compré tinta, hojas de roneo, lo imprimí en reiteradas ocasiones.

VII
Hice mala fama entre los poetas de mi generación,
a quienes no había leído por pereza y olvido.

VIII
Pagué mi aparición en varias antologías
con el dinero que mi padre me enviaba para el arriendo.

IX
Para poder comer publiqué críticas infames en periódicos infames.

X
Tras descubrir la pétrea mecánica de las postulaciones,
obtuve dos años seguidos el fondo del libro.

XI
Fui jurado en un festival de poesía infantil,
en una provincia alejada de toda posibilidad cartográfica.

XII
El primer premio lo obtuvo un mal plagio
de un poeta sueco de los setenta.

XIII
Llegando a casa soñé con aquel niño tres noches seguidas.

XIV
La primera vez lo vi reescribiendo el poema premiado
con una gubia en mi escritorio de caoba.

XV
La segunda vez lo vi vomitar un pez vivo a los pies de mi cama.

XVI
La última vez lo vi clavado por el cuello a la pared,
cubierto de moscas, eructando mi nombre.

XVII
La mañana que siguió al tercer sueño recibí una llamada telefónica
en que un viejo poeta argentino me acusaba de plagio.

XVIII
Pensé en matarlo con alevosía en una plaza pública.

XIX
Su silencio costó una suma obscena
que pagué por miedo al ridículo.

XX
Releo el poema y no encuentro el clivaje,
releo ahora mismo y no encuentro los buenos versos.



Tejas verdes, 2013

miércoles, 2 de abril de 2014

Silencio

Cuando Asesino entró a la cantina, Pianista detuvo sus dedos un segundo en el aire, cerró los ojos, y tanteó la habitación con el oído: tal como esperaba, el fuego y la sangre aún hacían rumor en el infame. Continuó tecleando el ragtime cual si nada hubiese pasado, ni una mueca en el rostro, ni una variación en la ejecución, sus manos arácnidas continuaban percutiendo en medio del humo, mientras que Asesino tomaba asiento y daba el primer sorbo a su ginebra con tónica. Al fin terminarían los años de espera, de masticar la pena, de afinar el oído –la única manera de encontrarlo, se había dicho entonces–, los años de ensayar aquella obra que por fin hoy presentaría, y ante todo, los años en que lo único que hizo fue recordar (y recordar era volver a desatar el alambre, una y otra vez, de las manos humeantes de su esposa). Al finalizar el último compás del ragtime, Pianista empezó de inmediato una melodía lenta y disonante, con una progresión de acordes azarosa y convulsa, que dejaba en los escuchas el regusto de haber oído algo de esto antes (pero nadie había oído algo de esto antes). Las cabezas giraron entonces hacia el piano, del que brotaba esta música que generaba pánico y maravilla, como un hierro al rojo o un choque eléctrico. En eso, el vaso de Asesino cayó al suelo, y en su rostro comenzó a dibujarse un rasguño horizontal que le cruzó de lado a lado la mejilla izquierda. El pánico lo invadió de golpe, mas la huida fue coartada con un breve arpegio que le quebró las piernas (aquí soltó un gemido que añadió una séptima al acorde que sonaba). No hubo borracho del que no escapara la crápula cuando una línea cromática de bajos imprimió diversos moretones en el cuerpo de Asesino, y las bandejas de las meseras cayeron en tropel al suelo cuando el monstruo empezó a retorcerse al tiempo que los acordes pasaban de mezzo a forte. Cuando los charcos de vómito de la audiencia hedían tanto o más que la sangre desparramada por la habitación, Pianista alzó su mano y la dejó caer con satisfacción sobre el último acorde. La masa violácea que yacía frente a la barra soltó un crujido y un último borbotón de sangre, que precedió al más absoluto silencio.


*Este texto corresponde a la reescritura en clave narrativa de un viejo poema. Un par de amigos poetas me lo propusieron tras leerlo en aquellos años, y acá está el resultado del ejercicio.


Valparaíso, 2010
Tejas verdes, 2013

martes, 31 de diciembre de 2013

Jaurías



Digamos que todo comienza 
con la mordida de un gato enrarecido.
Digamos que en Rapel, que en Lo Abarca.

Digamos que la primera es una anciana
que empieza a comerse los conejos crudos
en la soledad de su cocina.

Digamos que los vecinos se alarman
cuando le arranca una oreja
al cura del pueblo.

Digamos que el hecho se hace noticia,
y que como tal, la gente lo olvida luego.

Digamos que nadie une los puntos
cuando el cura vomita en la plaza
la sangre de un hombre.

Digamos que para entonces
la anciana es objeto de estudio
en un oscuro hospital de provincia.

Digamos que las enfermeras que la atienden
sufren varios rasguños superficiales.

Digamos que una de ellas viaja a Santiago.

Digamos que todo pasa en el metro,
y en plena hora punta.

Digamos que se expande como éter derramado.

Digamos que no hay cadena nacional
ni plan de contingencia.

Digamos que en pocas horas se instala
una democracia espesa y grana en las avenidas.

Digamos que hay quien vio al presidente
masticándole la cara a un ministro.

Digamos que hay quien vio a un hijo
hacer lo mismo con su madre.

Digamos que algunos grupos pequeños
consiguen sobrevivir y esconderse
en subterráneos y entretechos.

Digamos que una semana después
el olor a carne descompuesta
vuelve irrespirable el aire.

Digamos que las jaurías humanas
dejan rastros de espuma en el asfalto.

Digamos que mientras deambulan
las moscas se detienen en sus pupilas
y en sus lenguas sanguinolentas.

Digamos que esta mañana
una de esas moscas consiguió entrar 
al entretecho que comparto con otros cuatro.

Digamos que escribo mientras puedo.
Digamos que no han cambiado mucho las cosas.




El Quisco, diciembre 2013.

martes, 13 de agosto de 2013

Gato

Ayer tuve un sueño en que mientras caminábamos juntos por la línea del tren hallábamos un gatito de seis dedos acurrucado entre los durmientes –como esos que la leyenda atribuye a Hemingway–. Sin meditarlo mucho lo nombramos Martín Busca, porque nos recordó a aquella tumba suspendida en patas de seis dedos que hay en el cementerio de Playa Ancha. Lo tomaste en brazos y lo llevamos a casa con la ilusión de verlo jugar entre nuestras cosas, se veía contento, te veías feliz. Justo antes de llegar el gato se puso intranquilo sin provocación alguna y lanzó un zarpazo que te dejó en la cara seis rayitas rojas, para luego perderse entre los maquis que desembocan en la quebrada del traspatio, dejándonos a ambos con un sentimiento de fugaz pertenencia. 
  Cuando desperté, despuntaba el alba, el gato dormía a mis pies su sueño imperturbable, y recordé con horror que tú y yo jamás nos conocimos.

Tejas Verdes, agosto de 2013.

viernes, 15 de marzo de 2013

Banquete



A Francisco I


Sobre la mesa, entre la alcuza y el vino,
hay una bandeja en que algo palpita
-un animal que desconozco atado por ligeras lienzas-.
Tras mirarlo con detención comprendo que las cuerditas
bien podrían ser mis propios tendones:
Prueba de éste razonamiento es que al tratar 
de tomar un salero de la mesa, 
están flojos los dedos como pelusa a barlovento.

Una niña sentada frente a mi escribe algo en una servilleta.
Lleva toda la noche en ello sin detenerse,
seguro es una epopeya escrita en caracteres microscópicos
en que una nación completa muere quemada a lo bonzo.
Su cabeza se agita en leves espasmos-como-zumbidos-casi.
Y es que en la habitación hay algo magnético que mueve a las cosas
y al resto de los comensales.
Mientras yo me siento como un bicho de aluminio
con el que no pueden jugar los imanes.

El salero que antes traté de alzar se desliza por el mantel,
gira varias veces antes de detenerse un segundo en el borde
y dar paso a la caída libre.
Sobre la mesa quedan dibujados algunos símbolos de sal,
mándalas, un cuello, cuatro puntos que distan de ser suspensivos
y aún más de ser finales o seguidos.
Tras un rato de silencio comprendo
que el suelo nunca puso play al ruido-de-un-salero-que-cae,
y me da miedo asomarme bajo el mantel 
a mirar el lugar que el salero ocupa en el aire,
pues quizá qué cosas suceden bajo nuestros ojos
si son éstas las que ocurren en el horizonte.

lunes, 21 de enero de 2013

Todo lo que es una obra


Otra noche en el edificio Rakela, piensa S, mientras revisa cada habitación para asegurar la ausencia de polizontes abordo -así podría empezar una novela policial, un crimen que sucede en un hotel o un barco, la muerte de un trashumante, y las pistas que encuentra un botones que a la vez es un paria (un inmigrante, un cogotero, un poeta), pistas que lo llevan a enfrentarse al asesino (el jefe del departamento de policía, el capitán del barco o administrador del hotel, o un poeta al que admira desde siempre, ¡desde siempre, qué longo tiempo, qué plazo enorme!), todas piezas de una obra que podría ser lo que se dice Una obra y sin embargo, ésto-. Cuando S entra a la habitación número 8 la televisión está encendida, por lo que procede a apagarla. Al salir de la habitación, un extraño presentimiento le dice que no apagó la tele, o peor, que tal vez la apagó y que cuando atraviese por tercera vez el umbral bajo el número 8, la televisión va a estar inexplicablemente encendida, en un canal aberrante lleno de imágenes terribles que una voz indescriptible presenta lentamente. Tras meditar un poco, se decide a entrar. La televisión está apagada, un escalofrío recorre su espalda mientras cruza el umbral por cuarta vez, tan rápido que ni la literatura podría decir algo más de ésto.


Llolleo, enero 2013.

jueves, 17 de enero de 2013

*


Me pregunto, ¿quién seguía a la luna antes de los caracoles?          Me figuro que un pez que
la veía diluida bajo la superficie del agua          (Un experto en la disciplina científica
correspondiente podrá decirme que los caracoles son antes que los peces, pero yo
me figuro lo que me da la real gana, pez viendo la luna y no se diga más)

[Si un caracol mira la luna desde el fondo de una pileta para pájaros, 
¿sentirá el mismo spleen que sentía el pez que me figuro?]

[Si un pez mira la luna mientras se arrastra por el muro, ¿cuál sería el mecanismo
para salir de la pesadilla?]


Me propuse dejar la mañana para después pero no pude          Vaya uno a
saber cómo es que funcionan éstas cosas          Total que tuve que hacerme el ánimo
y perderme en la estepa que es el jardín en la madrugada          Cosa buena
es la escarcha, cosa fría y buena          Pero no la mañana          ¿Cuánto del día se queda
en la puerta cerrada detrás de nosotros?          ¿Cuánto de la vida?          Para sacar un
par de hojas del laurel tengo que matar dos arañas que copulan          Las mato y me tomo
el agua con un nudo en la garganta          Ojalá se me pase la tos          Ojalá no se me llene
la boca de arañas.



San Antonio, enero 2013.

lunes, 14 de enero de 2013

Edificio Rakela



Eleranta me ha llamado otra vez          No quiero
saber de ella, pero así están las cosas          Yo
igual contesto          Trabajo de noche, no hago mucho
[Barrer una escalera, cerrar una puerta, esperar]          No es que
no llueva porque es verano          No llueve porque sí no más

En el interior del hotel del Edificio Rakela se escucha el eco de nuestra
conversación          Y eso que hablo bajito, pero igual
Los quince pasajeros (serán dieciséis luego) duermen o ven televisión 
por cable          Yo escucho lo que me dice, y luego digo cosas
No le hablo de literatura, no le gusta          No le hablo
de cine porque tampoco          Le gusta la pintura, pero no sabría qué
decirle          Al final hablamos de un circo que ambos visitamos
cuando niños          Pensamos en la vaga posibilidad de que nos
hayamos visto en aquella carpa colorida (supongo, sino ¿cómo?)
por primera vez          Y nos hayamos enamorado perennemente
Pero no          Yo (ya –como un extraño axioma–)no la amo

La noche está como para llenar el hotel de grullas de origami
O como para escribir microcuentos en los espejos con pasta de
dientes          Mañana tengo que ir a Santiago, le digo          Yo
quiero puro bajarme de Santiago de Chile de una buena vez
No le hago al vértigo ni a la mentalidad de llanura          Yo quiero
puro cortarle pa vomitar tranquilo          Y es que yo creo en el equilibrio
Cuando estoy contento me imagino una jirafa en llamas          Quemándose
lento como un monje a lo bonzo          En un silencio que un muerto nuevo
envidiaría          [Los muertos profesionales saben que no hay tal cosa como
el silencio]          Pero ella no corta, ella no respira entre palabra y palabra
Entre palabra y palabra hace un sonido que si lo viera sería una
mueca          Un gesto entre palabra y palabra          Algo así:

PALABRA[GESTO]PALABRA

No aire, no pulmón cual fuelle, no respira la buena Eleranta
Y es que tiene nombre de barco          Y yo nunca tuve pasta de marinero
Tengo sueño, le digo, y cuando corto es como si estuviera viendo una
película en que una mano –no mi mano, ¿la de ella entonces? ¿la de quién?–
iluminada por una luz cenital que la hace ver atómica/nuclear
se agita disipando una especie de niebla o humo de cigarrillo
Todo esto en blanco y negro          Todo esto en reversa.



San Antonio, enero 2013.

miércoles, 2 de enero de 2013

31/12/12


    Éste fue un año lleno de días -y de personas y cosas que se movían en ellos-. Fue un año de buses y terminales, (ínfimas odiseas de un Ulises también ínfimo), el año en que descubrí que el sur termina donde empieza el norte. Fue un año de palabras, de morfemas, de grafemas, ¡de sintagmas! -fue el año en que aprendí que 'Alguien dice algo a alguien tanto así entonces'-. Fue un año de libros, el año en que superé el miedo a tener mi propia biblioteca, el año de Borges, de Pamuk, de Saramago, de Murakami, de Cortázar, de Bolaño, por nombrar algunos (ya será tu año, Marechall, ya será). Fue un año de profundas desilusiones -en éste punto, un año como todos-, pero también de alegrías que rozaron lo absoluto. Fue un año ornamentado por rostros de amigos, todos bellos y valientes, capaces de lo más por lo menos. Fue un año de metempsicosis y heliotropismos, de parques y bibliotecas, de universidades, de moteles, de jardines, de tejados, de bares llenos de humo, de vagones de metro, de boletos de bus, de citas de Shakespeare bajo una luna enorme. Ante todo, fue un año lleno de tiempo, y yo que no me sé la vida de otra manera.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Finiquito



Cuando me echaron de la pega, el jefe me dijo riéndose: 'Tranquilo, hombre, no es el fin del mundo'; lo miré con una mueca en el rostro que quiso ser una sonrisa, reflexionó un segundo y continuó, ésta vez más serio: 'Lo siento, es la costumbre'. Acto seguido, me gasté todo el finiquito en putas, restoranes y un pequeño revólver con una sola bala.


Amigos, éste texto fue uno de los 26 seleccionados para la antología 'Microcuentos de fin de mundo' de la página Letras de Chile, en la que participaron autores de Argentina, Nicaragua, México, Estados Unidos, Colombia, Portugal y Chile.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Arrecifes


Según Discovery Channel, el arrecife de coral es la estructura viviente más grande del mundo. Quisiera saber si éstos gringos naturalistas han visto alguna vez aquellas poblaciones donde la gente se mezcla con sus casas a punta de cuchillo y balazo, donde los niños nacen cubiertos de vinchucas, y tienen una sola huella digital, y una sola cabeza, y son parte de una misma hambre y de un mismo asco. Ésa es una estructura viviente, gringuitos, donde no hay otra jerarquía que la fuerza y el tiempo.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Cavilaciones sobre Coseriu


La poesía es el lenguaje, darle un uso determinado es instrumentalizarla: describir, señalar, pedir, comentar, explicar, son pequeñas mutilaciones al absoluto poético. El esfuerzo se hace al no escribir-hablar poesía. (Hay quien hace mucho esfuerzo y no lo nota). La metáfora no es un alarde, es una naturaleza -un proceso semejante a la fotosíntesis, o a las combinaciones de las líneas del metro-, es la forma en la que ocurren los procesos en nuestra cabeza, en una acepción previa al habla. Y quisiera decir otras cosas, pero no vale la pena no lo haré.



Ahora, el silencio, lector maldito terrible: que hace parte de sí el texto, que lo llena de significado, de cultura, de carne, de tiempo. Dejémonos caer mejor, ante la horizontalidad de la palabra -cual andamio- y escapemos de la burda estúpida danza de las verdades.

jueves, 25 de octubre de 2012

Retrato de un naufragio


   Tengo la cabeza llena de naufragios, Fresia, de imaginarias obstrucciones a no sé qué ni cómo. Estoy repleto de pequeños Crusoes y Selkires, que flotan a pura pataleta en las aguas oscuras y quietas de mi mente. Creo que por eso es que te escribo, sé mi tabla de náufrago, ¿quieres? Ayer fui a la exposición de Andreo y había un cuadro azul muy bonito, me acordé de ti apenas lo vi, habrías amado el marco, era un asco. La exposición estaba bien, había harta gente y olor a trementina, lo que no me gustó era que Andreo vendiera los cuadros, aunque claro, tiene que comer. Andreo tiene talento, pero más importante que éso, tiene intuición, por ésto habría sido un gran escritor, o un gran acordeonista si hubiese tomado ése camino, pero decidió ser pintor, y tiene buenos cuadros, que al parecer es lo que importa. Yo se los habría comprado todos de tener el dinero, pero el precio ya sabes, eran sumas que bien lo tendrán viviendo un año si consiguió venderlos todos. Pilú, o como sea que se escriba, la nueva novia de Andreo, andaba triste a causa de un retrato del que fue modelo. Éste huevón la pintó hermosa, comiéndose una manzana azul, mientras por detrás de su cabeza se asomaban unas patas negras, articuladas, como de un crustáceo que, terrible, casi le quita la manzana a la niña. A pesar de las protestas de Pilú, 'El antojo de Samsa' fue la primera venta de la tarde, la muchacha todavía sollozaba cuando me fui, me cae bien ése Andreo. 
    Lo más interesante de la tarde fue la caminata de vuelta, no sabría explicarte cómo, pero me perdí en el trayecto a casa. No quise leer los nombres de las calles, me cerré a entender cualquier símbolo, a recordar, a mirar cualquier cosa que no fueran los volantines en el cielo. Dejé que ellos fueran mi propio hilito de Ariadna en el laberinto, hilos volantes que hacían del cielo un mosaico azulado que me recordó al cuadro azul que había visto en el taller de Andreo. Sin embargo, me cayó encima la noche y se arremangaron los volantines. Entonces, me vino el mismo miedo que invade a los ciegos nuevos. De hecho, Fresia, mi buena Fresia, aún estoy perdido. No sé hallarme. Necesito hallarme para que leas ésto. Necesito que leas ésto para hallarme.

   Fresia llegó taciturna a casa y caminó hacia la ventana. Sami supo de inmediato que algo ocurría, la miró pasar y se le acercó despacio.
-¿Que sucede, Fresia? ¿Tuviste algún problema en la exposición?
-Se robaron un cuadro, Sami. Todo pasó tan rápido, y Andreo estaba tan triste. Me había gustado mucho, lo miré largo rato. Aunque el marco era muy feo.
-Que espanto. Odio los marcos en las pinturas bellas.




San Antonio, Octubre 2012.

viernes, 5 de octubre de 2012

Hora del té


 Fresia entra a la habitación y cierra la puerta con un golpe seco, mas un eco húmedo es el que reverbera en las paredes que parecen hechas de madera de naufragio. Apaga la luz y se estira en la cama, lleva horas rumiando un recuerdo que se le hace ajeno, imágenes a las que preferiría no tener acceso, palabras que describen una escena pixelada, y que una voz indefinida (casi un zumbido) narra desde alguna parte. No quiere orígenes ni respuestas, tan solo le resulta extraño todo esto, como una ropa linda que sabes que no es tuya, y que sin embargo usas con algo parecido a la culpa, pero que tampoco es culpa, ¿me entiendes?, le dice a la mujer que va a su lado en el metro. Es una mujer de labios severos y mirada antigua, lleva un pequeño bolso negro colgando del brazo que no afirma del pasamanos. Sus ojos, fijos en los de Fresia, tienen ese color que sólo pueden tener los ojos en los sueños, o en los recuerdos, o en las fotografías de alguien que ha muerto y quieres de vuelta. Piensa en su madre y en cómo comenzó su propia muerte con aquel primer puñado de tierra. Ahora una vieja oscuridad las mastica a ambas. Guardando las distancias, por supuesto, entre el sepulcro de la madre muerta y ésta habitación en que la hija sueña un recuerdo, o viceversa.
  El vagón del metro avanza azaroso a través del túnel, deteniéndose en las estaciones más disimiles mientras Fresia respira un aire blando, tibio, horizontal. La mujer dice algo, pero Fresia no estaba atenta, así que asiente con la cabeza sin darle más vueltas. Fue entonces cuando el tren se oscureció sin previo aviso. Alguien susurra algo al oído de Fresia, un alguien que está en el vagón, el murmullo de un alguien que no alcanzamos a distinguir de entre la gente; inmediatamente el tren se detiene  y se abre la puerta de su habitación.
-¿Quieres comer, Fresia?
-Voy, Sami, voy.
  El haz de la luz del pasillo le da en pleno rostro, entrecierra los ojos y estira los brazos dejando ir un bostezo. Al levantarse todavía tiene en la cabeza la voz del sueño, retiene con claridad cada palabra, casi puede atribuirla a un recuerdo, a una persona que existe, o existió en su vida alguna vez. Pero se conoce a sí misma, el recuerdo persiste y el té se enfría. Hay que tomar decisiones, el zumbido puede esperar unos minutos. Vuelve a cerrar la puerta, esta vez por fuera. La habitación se llena de peces.
  

San Antonio, Octubre 2012.

jueves, 16 de agosto de 2012

Ocean breeze, Tejas Verdes


Quizá qué zancadilla de arena ensayó la playa,
quizá qué antigua idolatría esconde la costa.
Coronado por una ola blanca lo veo desde mi ventana,
un barco mercante trocado en naufragio,
con esa inmovilidad de quilla durmiente,
de aspa quieta por el verbo de arena.

Tanto mundo y Tejas Verdes, sin embargo.
Posado en el agua como una gaviota enorme,
como un pelícano grotesco alojando óxido.
Maquina somnolienta, tienes que irte un día.
No nos pertenece ya la playa, ¿me oyes?
No nos queda nada de lo que antes era nuestro,
hoy todo es puerto, hoy todo es nada.

Traté de ser buena gente, lo juro, hice lo que pude.
Pero tienes que irte, lo exijo, o te vas o te vamos.
En San Antonio no hay espacio para otra máquina.



San Antonio, agosto 2012.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Pregunta y respuesta


        Un día una buena amiga me preguntó '¿Qué es el amor?'. Respondí, sin ser tal vez el más apto para hacerlo, que como lo veía yo, el amor no es un estado, es más bien un lugar, como un teatro, como un circo. Un hecho consciente, una otredad, una decisión. Al amor se entra, por voluntad propia. Adentro esperan quizá qué milagros, quizá qué alimento de quimeras y utopías. El amor puede no llegar a la ciudad en años, o puede marcharse antes de que te decidas a entrar. Y hay siempre una puerta que se agita con el viento y que te aguarda como una boca, se abre y se cierra sin que alguien pueda hacer algo por evitarlo. 
         Eso me preguntaron y esto, mas menos, fue lo que respondí. Y puedes ver que del amor no sé mucho, pues se me escapa la idea de las manos como una avecilla, me pierdo en mi propia alegoría. Mas hay una cosa de la que estoy completamente seguro: del amor se sale. Y eso, eso lo digo sin que me tiemble la boca.



Santiago de Chile, mayo 2012.

domingo, 5 de agosto de 2012

Adiós


    Tanto he dicho adiós, escribe M en un pequeño boleto de bus, y tacha el resto. ¿A qué añadir otra comparación, otro mísero simulacro? Se fue otra vez, y es lo único que importa. Ahora, comenzar de nuevo, como tantas veces. Buscar un lugar para dejar los libros, para dormir, un trabajo. El olor a lluvia vibra en el aire, la salida del terminal está llena de gente. Y en la cabeza de M un grupo de preguntas se atropella en un mosh sicológico. ¿Qué? ¿Por qué? ¿Cuántos? y otras tantas vaguedades, sin embargo, se acerca a la muchedumbre y tan sólo una le queda brillando en los ojos, ¿Cómo? Un hombre yace muerto en mitad de la multitud, la suave llovizna chispea en la poza de sangre que, negra, se adentra en las alcantarillas. Algo que M intuye, pero no sabe con certeza, es que durante semanas soñará con aquella poza de sangre. A veces será una sangre espesa, tibia, sobre la que caminará como una araña de agua. Otras, se hundirá en una sangre turbia, chispeada por la llovizna, cocacola que fluye de la aorta de un hombre muerto. Mientras tanto, está despierto afuera del terminal al lado de una muchacha que llora. 
-¿Lo conoces? Conocías, digo-Dice M, en un arrebato de diálogo que viene de quién sabe dónde.
-No, me da pena verlo morir, ha de tener familia, un jardín, un perro- Responde la muchacha, pestañeando rápidamente, como espantando la pena.
-¿Viste cómo sucedió?
-Apareció aquí de repente. El cuerpo, claro está. La sangre vino luego.
-Oh, por supuesto- M se queda un rato en silencio, rumiando el rostro de la muchacha. Sus facciones son tan normales que tiene por seguro el no poder recordarla al otro día.- Tengo que irme.
-Bien.
-Bien.
    Dio algunos pasos en dirección a ninguna parte. (Cualquier lugar es ninguna parte cuando no se tiene a dónde ir). Se metió la mano al bolsillo y Tanto he dicho adiós, dice el boleto. Justo cuando va a arrugarlo, y tirarlo, por ese afán casi numismático, casi filatélico, se le ocurre mirar el anverso. Es un capicúa, se dice a si mismo en voz alta. Sonríe, aún no sabe a dónde ir, mas le queda una cosa menos por ver en su vida. O dos.


San Antonio, Agosto 2012.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Altazoria I

    No puedes seguir evitándolo, poeta. Lanzas tus piernas a la calle y observas como se mueve el suelo bajo tus pies, cruzas una, dos, diez avenidas, sin angustia, sin sed, la noche lo cubre todo con su lengua de fieltro. Tus piernas son extensiones de tu cabeza, te llevan al lugar donde tu cabeza debe estar, como si bajo el influjo de una guillotina. Estás frente al coloso, frente al edificio que se alza ante ti como enredadera de concreto, y allá arriba ¿ves la última ventana como una flor que se abre? ¿ves la luz encendida que te torna polilla? Ahí está la casilla que esconde el jaque mate, allí nada el pez gordo en sus aguas de autocomplacencia. Atraviesas el umbral del edificio, portafolios en mano, corbata en cuello, y una vez adentro me darás la razón. Atravesar es la palabra correcta, un paso al interior del edificio y un ruido sordo, se raja una membrana de aire. Hay un mesón, caminas hacia él, allí una voz digna de Chesterton te habla del 'supremo titiritero'.
    "En música se cifran sus palabras, en él creen los dioses y el tiempo (pasajeros suyos y víctimas de sus designios). Es un puente de aire sin sentidos y en todas direcciones. Es hermoso como la sombra de un árbol que resiste después de talado".
    Dice ésto y cae, asomas tu cabeza por sobre el mesón, en el suelo hay una alfombra de plumas. Si en éste momento giras tu cabeza en dirección al zumbido que escuchas, verás cuatro puertas plateadas. Pon atención, estas puertas se abren como párpados de acero, y ves salir de ellas a un tropel de cristos ancianos arrastrando sus paracaídas, son vagabundos celestes, son los altazores que buscan un atajo para cerrar la última de las puertas. Tapa tus oídos, pues morirás inmediatamente si logras descifrar lo que susurran.
    Caminas, poeta, hacia la caja que escupe hombres caídos del cielo. Camina, insértate en la caja, llena sus paredes con tu imagen. La puerta se cierra contigo adentro, sobre ella parpadean cifras luminosas, coordenadas que te ubican en algún lugar, o en todos, o en ninguno.


Santiago de Chile, Noviembre 2011.

jueves, 21 de junio de 2012

Mirabilia


M se sueña recostado en la arena de Kelebekler Vadisi. Basta eso para hablar de un sueño, no hace falta más que nombrar aquel lugar, ajeno, completamente otro. Idilio con costa y espuma. Se levanta y se dirige hacia el mar, no sabe nadar, pero qué va es un sueño. La arena es pálida, blanda y tibia, como debe ser la arena en los sueños. Se sumerge de un solo golpe, y se recuesta en el fondo marino. Arriba, logra ver como volotean las mariposas del lugar (célebres mariposas, por cierto). El sol agranda las sombras que sobrevuelan las olas. M esta cubierto por agua, y por sombras de alas que se mueven como peces oscuros en la húmeda profundidad de la bahía. Fija los ojos en ellas, y ve como comienzan a dar vueltas como un cardumen alado, con los rayos del sol como quemándoles sus atigradas alas, mirabilia desde el fondo marino. En ese preciso instante una corriente de aire las transfigura en hojas secas (hasta los sueños tienen sus clisés secretos). Caen en la superficie del agua y forman una palabra que desde lo profundo M lee a la perfección.

M despierta. Recuerda claramente la palabra, y piensa si reproducirla o no. Es un dilema que tendrá que resolver en algún momento del día. Mas ahora vuelve a su vida, se levanta, y de entre las sábanas caen algunas cosas. Bien podrían ser alas, u hojas secas, o pétalos de flores amarillas. Pero no nos engañemos, este tipo de cosas pasan todos los días. Este tipo de cosas pasan. Este tipo de cosas. Todos los días.