martes, 13 de agosto de 2013

Gato

Ayer tuve un sueño en que mientras caminábamos juntos por la línea del tren hallábamos un gatito de seis dedos acurrucado entre los durmientes –como esos que la leyenda atribuye a Hemingway–. Sin meditarlo mucho lo nombramos Martín Busca, porque nos recordó a aquella tumba suspendida en patas de seis dedos que hay en el cementerio de Playa Ancha. Lo tomaste en brazos y lo llevamos a casa con la ilusión de verlo jugar entre nuestras cosas, se veía contento, te veías feliz. Justo antes de llegar el gato se puso intranquilo sin provocación alguna y lanzó un zarpazo que te dejó en la cara seis rayitas rojas, para luego perderse entre los maquis que desembocan en la quebrada del traspatio, dejándonos a ambos con un sentimiento de fugaz pertenencia. 
  Cuando desperté, despuntaba el alba, el gato dormía a mis pies su sueño imperturbable, y recordé con horror que tú y yo jamás nos conocimos.

Tejas Verdes, agosto de 2013.

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